Tan seria como una verbena

En este artículo encontrarás un peaso análisis sobre la relación entre humor y seriedad desde la mirada territorial y feminista. Hablamos de activismos hegemónicos, de capital erótico y de diversidad expresiva.

Foto de la web de Las niñas de Cádiz

Hemos sabido esta semana que Las niñas de Cádiz han ganado el Premio Max de las artes escénicas al Mejor Espectáculo Revelación por su comedia “El viento es salvaje”. En la ceremonia del Premio, una de sus integrantes, Ana Segovia, realizó un emotivo discurso en el que reivindicó su acento gaditano como parte de las manifestaciones lingüísticas que se consideran cultas.

La diferencia entre lo que puede considerarse culto (es decir, que se puede tomar en serio) o no, está –como todo- plagado de imperialismos culturales que imponen un discurso único que se carga (o lo intenta) la inmensa diversidad que encontramos en cada territorio. Vivir en una sociedad jerárquica, implica que se impone como correcta las miradas, formas e intereses de quienes ejercen poder: acumulación de capital económico, cultural y social.

A estas tres formas de ejercer presencia de forma centralizada, se une un cuarto activo que suele pasar más desapercibido en nuestras reivindicaciones de justicia social pero que tienen más repercusiones de las que podemos llegar a imaginar: el capital erótico.

La socióloga británica Catherine Hakim[1] propuso este término para explicar que el atractivo social o poder de seducción que una persona atesora a la hora de ser reconocida, escuchada, considerada, forma parte de las visiones del mundo que generan desigualdad. ¿Por qué unas formas de hablar, mostrarnos y actuar resultan más atractivas que otras? La autora también afirmó que a través de este capital es también más fácil acumular los otros.

Es innegable que, si las manifestaciones de un territorio son las que se imponen y las que se convierten deseables (el deseo recordemos que no se reduce a lo sexual sino también a quién admiramos-queremos parecernos), las personas que tienen una identidad basada en ellas serán más consideradas que otras en sociedad y su escalada social, por tanto, más corta en sobreesfuerzos. Por si no nos habíamos dado cuenta, la meritocracia es una gran mentira. Que la sociedad te tome más en serio no siempre es porque te lo trabajar. Intervienen muchos factores que tienen que ver con que tu imagen y tu manifestación expresiva es la aceptada por la sociedad normativa.

La antropóloga argentina Dolores Juliano afirma que, aunque Hakim no extiende la aplicación de este concepto a grupos sociales, es innegable que la forma de vestir, de hablar y de actuar de los sectores más poderosos se transforman en modelo deseable para el resto de la sociedad.  

En los últimos años, he percibido cómo el uso del capital erótico es algo que está menos presente cuando hablamos de privilegios, como si aquí costara más la autocrítica. Que, por lo general, en el estado español una persona que habla desde su niñez desde los acentos más reconocidos no es consciente (o no quiere serlo) de las puertas que esto le puede abrir. Por ejemplo, en una entrevista de trabajo. Como dice Ana Rosado, investigadora y trabajadora social chiclanera, estos acentos impregnan a la persona que lo lleva un sello de calidad innegable que nada que tiene que ver con un esfuerzo o trabajo previo. La escritora cordobesa Remedios Zafra lo explica de la siguiente manera: “hay personas que sin hacer, sólo con ser, ya se les espera”. Aplíquese este hecho a quienes ostentan físicos/presencias hegemónicas o formas culturales de expresión que se relaciona con el concepto de razón occidental y occidentalizado.

Si tus formas de ser y expresar se salen de éstas, serás tomado menos en serio. Eres menos seria. Traducido a lo cotidiano y volviendo a traer las palabras de Rosado, en el caso del Estado español, “eres más tonta si eres del sur”. No te digo ya si ceceas…

La forma de vestir, de hablar y de actuar de los sectores más poderosos se transforman en modelo deseable para el resto de la sociedad. Hablamos del capital erótico.   Clic para tuitear

Andaluzas que hacen humor  

La relación entre humor, mujeres y territorio es muy compleja. El humor históricamente se ha considerado, desde la cosmovisión machista, un rasgo masculino. Las mujeres que toman las riendas del chiste o que se ríen libremente y a carcajadas siempre han sido ridiculizadas en cualquier estereotipo que abogue por la normatividad. No son mujeres deseables. A este punto, ¿quién quiere serlo? La cuestión aquí es por qué se toma menos en serio tanto a nosotras como a quienes hacen humor desde territorios históricamente oprimidos.

A muchas andaluzas con iniciativas centradas en la comunicación y el activismo o los contenidos de carácter reivindicativo y social, nos pasa algo muy curioso. Cuando no estamos haciendo ningún chiste, alguien nos interrumpe porque les parecemos graciosas. Cuando usamos a conciencia el sentido del humor, una parte del público tiende a enfadarse porque no le parece estas formas de contar tengan que estar presentes en cuestiones sociales que deberían -según ellas- tratarse desde otro tono. Subyace la idea de que hay formas de expresión más aceptables que otras para la denuncia. En esta ocasión, feminista. ¿Quién impone este tono? ¿Desde qué estatus y escuela?

En el primero de los casos -que se molesten cuando eres tú quien toma las riendas del humor- tiendo a pensar que lo que duele es que las andaluzas de orígenes pobres nos sintamos legítimas ante el discurso. Duele vernos tan desacomplejadas, tan “osadas” incluso. Tantos años que para ustedes hemos sido catetas y analfabetas («Para ser andaluz eres más educada que yo»), con todo el respeto que le tengo a esos términos, y no se acostumbran a asistir al ejercicio de nuestra libertad. No se acostumbran a que seamos las guionistas y creadoras de nuestros propios chistes. A que tengamos el control remoto para hacer reír y que no nos limitemos a ser sujetas pasivas del ridículo al que hemos sido sometidas históricamente. Que sí os ha parecido la mar de correcto.

Subyace la idea de que hay formas de expresión (hegemónicas) más aceptables que otras para la denuncia. En esta ocasión, feminista. Clic para tuitear

La diferencia entre reírte con Andalucía o reírte de Andalucía ha sido muy difusa en nuestro caso. De hecho, a veces siento que al hacer esta denuncia podemos caer en el error de poner puertas al campo intentando defendernos de una joya de nuestro patrimonio inmaterial como es nuestro carácter. La tendencia al chiste es algo muy presente en gran parte de Andalucía. No toda y por supuesto esto es muy diverso. Pero no podemos negar que los territorios son herederos de dinámicas únicas y en Andalucía esto está muy presente como arma de supervivencia.

Nos gusta jugar con ese factor. Hacer reír a alguien es una alegría innegable. El chiste es, además, todo un arte callejero con planteamiento, nudo y desenlance. Hay que saber de mantener su tensión y sus tempos. No es fácil hacer humor. No es fácil hacer un buen chiste, no es fácil ser graciosa. ¿Por qué despreciar esa parte de nuestra cultura sólo porque las culturas hegemónicas sean otras? ¿No tendríamos más bien que generar valor en torno a este hecho y enorgullecernos –al igual que hacemos con otras artes- de la enorme cantera de humoristas que Andalucía ha dado como las carnavaleras Niñas de Cádiz?

Con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones.

Esencialismo para robar valor y mérito

Desde mi punto de vista,  hay una tendencia a pensar que todo lo que ocurre en Andalucía parece que ocurre sin esfuerzo alguno. El arte andaluz se esencializa cuando se trata de reconocerlo. Se obvia el esfuerzo y la construcción constante que hay detrás de todo lo que generamos. Mucho más en el ámbito cultural. Se niega el hacer y la escuela del humor y las asignaturas que habitamos sin darnos cuenta.

Hay una tendencia a pensar que todo lo que ocurre en Andalucía parece que ocurre sin esfuerzo alguno. El arte andaluz se esencializa cuando se trata de reconocerlo. Clic para tuitear

Al decir que nacemos con arte o que lo llevamos en la sangre, no se reconoce trabajo alguno. Bajo este prisma, se cae en la injusticia social de valorar más la propia cultura cuando quien la interpreta es alguien que no la ha mamado.  O de reconocer mucho más quienes construyen humor desde otras tierras porque consideramos que hay un esfuerzo mayor en su arte o que, éstas sí, son serias.

Poner el foco en la construcción del nuestro es indispensable. Un Carnaval de Cádiz no se hace en un día. Hay muchísimo trabajo detrás. Quien rechaza una toma de un informativo de un grupo de gente personas gaditanas ensayando para su carnaval, tiene un serio problema de clasismo y de rechazo histórico a un pueblo empobrecido como el andaluz.

Cuando vamos a las risas quizás no buscadas, el tema se complica. Hay personas que se ríen contigo sin necesidad de querer ofenderte. Entiendo que existe una gran diferencia cultural en nuestras formas de contar y ser y puede existir cierta confusión en una primera toma de contacto. Sin embargo, las interacciones más mal intencionadas y las que han mermado históricamente nuestra autoestima, han sido y son las mofas en torno a nuestros acentos y nuestras formas de hablar que han generado un profundo complejo de inferiorioridad entre quienes habitan este territorio.

Cuesta calcular cuántos siglos de convivencia más se necesitan para que el centralismo nacional-católico del Reino de España se entere de que existen hablas y acentos diferentes al castellano mal auto determinado “neutro”. ¿Cuándo se enterarán las identidades que usan su territorialidad como rasgo de superioridad que el humor no es un plato que se pueda servir cuando a ellas se les antoje? Si quieren un show completo, pidan presupuesto y pasen por caja.  

Recuerdo con bastante claridad, siendo yo chica, ver a una Lola Flores en televisión con sus ojos vivos, abrirse en canal en entrevistas en las que contaba cuestiones que me parecían dolorosas y no saber cómo encajar las risas del público. Esas folclóricas andaluzas que nunca renunciaron a sus formas de expresión y sus acentos eran el hazmerreír de todo el estado español sin pretenderlo. Qué curioso que  parte del feminismo hegemónico no entienda que es importante que ellas sean referentes para nosotras las andaluzas o que estén constantemente estableciendo dogmas sobre qué puede ser referente o qué no negando sentires y malestares que nunca han vivido.

Creo que gran parte de nosotras hemos agotado esa energía que nos llevaba a adoptar otras formas para llevar a cabo nuestras reivindicaciones feministas. Estamos hasta el potorro. La broma, la guasa, el sentido del humor… forman parte de los códigos expresivos de Andalucía, de nuestra cosmovisión. Son memoria y llevan inserta nuestra propia historia. En nuestros acentos están las historias rotas de nuestras madres y abuelas. Que unos reconocidos premios se fijen en una obra de carácter popular protagonizada por mujeres andaluzas que además tienen su origen en la escuela del Carnaval de Cádiz es darle, un poco, la vuelta al maldito capital erótico. Por eso la importancia de este homenaje de Las niñas[2].

Cuando hacéis una crítica porque este uso, en determinados ámbitos, no os parece “serio” espero que entendáis que el sentido de lo que es serio y lo que no, también arrastra diferencias culturales y desigualdades históricas que han hecho que unas formas estén por encima de otras.

Por otra parte, vengo de una tierra donde la guasa, el doble sentido y la creatividad en torno al humor han sido fundamental para su supervivencia. No sé dónde le ven el chiste pues no hay nada que sea más serio que un Carnaval o una Verbena[3].  


[1] Catherine Hakim (2012). Capital erótico. El poder de fascinar a los demás, Debate, Barcelona.

[2] En Andalucía nos seguimos llamando “niñas” con el paso del tiempo. No es algo que se reduzca a la edad. También lo hacemos con el masculino. Por supuesto, hay quien lo usa desde el poder. Por ejemplo, todas podemos notar el tonito de un jefe machista llamándonos «niña» cuando nuestro cuerpo nos lo dice. Pero que existan matices no quiere decir que el uso del «niña» en este sur tenga que ser eliminado simplemente porque desde otras cosmovisiones del mundo esto sea sinónimo a machismo. Nos llamamos así entre nosotras y desde el cariño. Hay que situarlo absolutamente todo y entender la pluralidad de visiones. No es posible que a estas altura sigamos cargando con la necesidad de imponer un único punto de vista al resto.

[3] Últimamente pienso mucho en lo estratégico que es usar el sentido del humor para hacer activismo. Nos desgasta menos, es más inteligente porque le da la vuelta al lenguaje del opresor y además nos da fuerzas para seguir. Recupero aquí un extracto que escribí para el libro Como vaya yo y lo encuentre. Feminismo andaluz y otras prendas que tú no veías en el capítulo titulado La venganza de la jerigonza:

La alegría es una venganza que rompe todos los esquemas vengativos de las masculinidades hegemónicas. Inexplicable para la lógica de los opresores, la presencia de este sentir les desarma. Por el contrario, la ausencia de alegría en las luchas me recuerda a esta cita de la obra Mesauda: «—¿Sabes, a la postre, lo que te reprocho? ¡No habernos enseñado a reír! […] No sabemos reír, por tanto no sabemos vivir».

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Mar Gallego

Contaora. Felizmente Fracasada. http://margallegoes.blogspot.com