Recuperar el duelo

«De duelo» de Víctor. Vía Flickr. Licencia Creative Commons.

Unas sillas dispuestas en el patio de una casa, la persona difunta dentro y la vecindad acompañando el duelo. Esta escena, en tiempo de Coronavirus, sería impensable. Sin embargo, reflexionar sobre los espacios y los tiempos que reservamos para el dolor y la muerte –incluso en circunstancias consideradas excepcionales- es hablar también de cómo estamos estructurando la vida.

Pensar en los espacios y los tiempos que reservamos para el dolor y la muerte es hablar también de cómo estamos estructurando la vida. Clic para tuitear

En aquellas casas, muy en el imaginario de identidades andaluzas empobrecidas, la vecindad no acudía únicamente porque el rito estuviera así dispuesto. Acudía porque conocían a la persona que vivía a su lado, porque la colectividad era importante a un nivel muy consciente y también los espacios para hacerla posible. Hoy, cuando un familiar se queja de las cantidad de personas que han ido al duelo de su madre, su padre, su abuela… olvida que quienes acuden están despidiendo a una amiga, a una vecina, a un ser querido. Que “vecina” tenía un significado afectivo concreto y que, por tanto, el duelo también se convertía en algo más extensivo. Olvida también, cuando se trata de una persona mayor, la dimensión humana de la persona fallecida y que ésta fue también amiga de, hermana de, compañera de…  

Este derecho que creemos tener sobre el entorno de quienes quisieron a las personas mayores o sobre cómo deberían ser sus despedidas, está intrínsecamente relacionado con el terrible lugar de dejadez y abandono que el estado español les está otorgando. Lo hemos comprobado en estos últimos meses a causa de la alerta sanitaria. Personas mayores a quienes, en la mayoría de los casos, se les elimina de la esfera social a medida que se prioriza el consumo y la producción capitalista en detrimento de los espacios para la sostenibilidad de la vida y de las vidas sostenibles.

En un momento en el que parte de la lucha feminista parece jugárselo todo en un tweet, otros espacios siguen repensando el feminismo como el pensamiento-acción que pone sobre la mesa la necesidad de construir una estructura donde las vidas y los cuidados como cuestión estructural deben estar en el centro de manera equitativa. ¿Podemos colectivizar los duelos sin que eso suponga volver a cargar sobre las mujeres su gestión?

De la privatización a la expropiación e institucionalización del duelo

Esta necropolítica  y el abordaje de las vidas con las que empatizamos y las que no, las que merecen llanto y las que no, las que se quedan dentro y fuera de las fronteras, ha sido abordada de manera colectiva desde algunos espacios feministas que empiezan a tener la necesidad de poner el duelo y la intergeneracionalidad en el centro de forma vinculada. Uno de ellos, el que se produjo en La Casa Encendida el pasado 29 de junio. De la mano de la Asociación de Mujeres de Guatemala se inició un conversatorio titulado “El duelo: estrategias para colectivizar el dolor. Se abordó el duelo desde diferentes cosmovisiones y significados: vínculos, desprivatización y resiliencias; sin olvidar el protagonismo que la muerte y sus procesos tienen para poner en evidencia la dirección de las políticas actuales.

Al proceso constante de privatización de los duelos, evidente en cualquier mancomunado que hace de este tránsito emocional una práctica de compra-venta y un mero trámite, se ha unido durante la pandemia el intento de institucionalizar tanto al dolor como a las víctimas y el afán por instrumentalizarlas políticamente.

Así lo afirmaba en el conversatorio la psicóloga y docente en la Escuela de Salud Mental de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, Susana Navarro. Experta en el apoyo psicosocial a supervivientes y familiares durante procesos de exhumación de víctimas de violencia política, ponía el acento en las polémicas fotografías de la presidente de la Comunidad de Madrid, la popular Isabel Díaz Ayuso, en las que aparecía encarnando el imaginario de “la viuda de España”.

Para la psicóloga Susana Navarro, esta acción expropió el dolor de las víctimas y reforzó un estereotipo que traza un camino concreto en la exigencia de derechos de las víctimas reales:

 “Algo que es importante son las narrativas para que no invisibilicen o victimicen. Se me viene a la cabeza la imagen de Ayuso como la Dolorosa de todas las víctimas. Ahí me parece que ella expropió un sentimiento de las personas que estaban viviendo ese dolor. Invisibilizó a las personas víctimas ante la pérdida de familiares. Ayuso se colocó como la megavíctima”.

Ayuso expropió el dolor de las víctimas y el sentimiento de quienes estaban viviendo ese dolor. Las invisibilizó al colocarse ella como la megavíctima”. Clic para tuitear

Para la psicóloga hay que hacer justo lo contario si lo que queremos es dignificar los procesos de duelo:

“Que visibilicen a las distintas personas que quieran mostrarse pero no en esa imagen de víctima sufriente que es un concepto hegemónico. El concepto de que la víctima tiene que mostrar su dolor para que pueda obtener el apoyo social, político y jurídico. Cuando una víctima no se muestra así y se muestra exigente en sus derechos y demás, la imagen de Ayuso choca con esa exigencia. Es muy fácil que en poco tiempo se genere la idea de la mala y la buena víctima. La buena es la que llora y aguanta pero no exige. La idea del dolor compartido hay que hacerlo sin expropiar la vivencia de las personas, no como lo hizo Ayuso”.

La víctima tiene que mostrar su dolor para que pueda obtener el apoyo social, político y jurídico. Esto lleva a que cuando una víctima se muestra exigente en sus derechos, se la considera mala víctima. Clic para tuitear

La directora de la Asociación de Mujeres de Guatemala, Adilia de las Mercedes, apuntó en el conversatorio a este expolio de la representación de las víctimas señalando la importancia de que se use este concepto:

Es muy pertinente que hablemos de víctimas, no sólo de personas fallecidas porque hay muchísimas personas que no fallecieron solamente por la enfermedad y por la vulnerabilidad humana. Fallecieron porque fueron expulsadas de un sistema de derechos que estaba obligado a protegerlas. Que no las protegió, que las desamparó y esto lo hemos visto en muchísimos lugares del mundo».

Para la directora de la Asociación de Mujeres de Guatemala, «en el Estado español hemos asistido a una nueva expulsión de derechos cuando vemos que el Ingreso Mínimo Vital no se autoriza para las personas en situación irregular. Cuando vemos que la mayoría de personas en Estados Unidos que morían a causa de esta enfermedad morían también por un sistema sanitario que no era capaz de protegerlas. Y morían las personas inmigrantes y siguen muriendo en mayor cantidad las personas afroamericanas.  La necropolítica está ahí y es parte de eso expropiadores de la representación del dolor”.

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Institucionalidad para la vida

En palabras Adilia de las Mercedes se trata de recuperar la institucionalidad para la vida sin que el estado caiga en esa expropiación. Colectivizar los duelos desde bases comunitarias que pongan el acento en esta necropolítica.

Para Susana Navarro, esto tiene que pasar por un proceso colectivo consciente en el que se ponga sobre la mesa las diferentes desigualdades. No es espontáneo, dice, tiene que haber una intencionalidad. Asegura que bajo estructuras racistas y otros ejes de opresión, hay que trabajar para que el sentimiento de dolor sea compartido y forme parte de todo un estado, independientemente de cuáles son las vidas que están “en juego”.

Hablar como se está haciendo desde el Gobierno de España de “nueva normalidad” bajo las mismas estructuras anteriores a la aparición de la Covid-19 sin que haya una mínima intencionalidad de repensar el sistema que ha llevado a este desenlace, es una negación interesada de dolor colectivo. Como apunta Susana Navarro, afirmar sin más que “de esta situación vamos a salir siendo mejores” sin que haya una intencionalidad estatal no va a hacer que ocurra.

El ritmo deshumanizado de los intereses mercantiles, ha convertido de un día para otro la reciente alarma sanitaria, que nos invitaba a guardarnos en casa, en una oda al turismo que ahora es prioridad nacional y al consumo con gira monárquica incluida. Se ha pasado de la alarma y el luto a la calma del ocio en cuestión de días. Sin tránsitos ni duelos para quienes han perdido tanto, nuestras pantallas televisivas nos muestran escapaditas alegres desde tonos pastel con mascarilla incluida. Se intercalan noticias de ocio que eligen a perfiles ciudadanos bonachones y sonrientes con mapas que contabilizan los nuevos rebrotes. Todo dispuesto en un saco de aparente diversidad informativa que nunca se para en la pregunta de fondo: ¿nos van a dejar replantear o no nuestra propia existencia o es la nueva normalidad lo mismo con look de mascarilla?

Las invitaciones a parar que desde todos los frentes institucionales y sus medios aliados se hacían a toda la población nunca tuvieron en cuenta las circunstancias particulares de quienes no podían hacerlo. Tampoco la oportunista filosofía del stop escondía propósitos profundos y transcendentales. Lejos de hacerlo, servían de propósito al mismo sistema de siempre. No era un “parar transformador”. Era un “parar hasta que…”. Un parar anormal frente al no parar normalizado que hace la normalidad más deseable que nunca. Un “parar” que sólo era bueno porque era transitorio. Un parar que es otredad del “no parar” y que cumplía su papel dentro de este binomio extenuante e insostenible en el que nos quieren telemáticas, productivas, turísticas perdías y sin duelos.

Los procesos de dolor –entendidos de una manera extensa- son transformadores y necesarios en la medida en que también hacen que, durante un tiempo, la vida conocida se detenga junto a los tiempos de la productividad. Es reconocer espacios que ponen la emocionalidad (no interesada) en el centro de nuestras vidas y forma parte de la estructura de cuidados que parte de los feminismos exigen. Vivencias que reconozcan tiempos que el sistema capitalista, racista y con más apellidos quiere hace desaparecer, convirtiéndolos en indeseables.

La imposición de un duelo institucionalizado desde la hegemonía y la dificultad para colectivizarlo, está redirigiéndonos cada vez más a una sociedad de pantallas donde los algoritmos premian y visibilizan las caras sonrientes pero en la que también se capitaliza la tristeza. El dolor sólo puede darse bajo los límites interesados que marcan los discursos hegemónicos y como parte del juego de la oferta y la demanda, mientras que el verdadero dolor encuentra cada vez menos espacios para ser expresado y politizado.

En este percá, se invisibilizan las estructuras colectivas de quienes lo generan: dolor estructural; convirtiendo a quienes se duelen en responsables de una vergüenza que siempre es privada y que históricamente ha imposibilitado generar alianzas y denuncia pública*.

*En Colombia, a la vergüenza se le llama también «pena».

Mar Gallego

Contaora. Felizmente Fracasada. http://margallegoes.blogspot.com