A ti que te quedas…

Miriam Sánchez M.
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Ayer estuve en Espera, un pueblo de la Sierra de Cadiz con menos de cuatro mil habitantes. Tenía una charla sobre diversidá sexual, pueblos y Andalucía organizada por la Asociación Delta que hace años está haciendo esta cosa tan maravillosa del Orgullo Serrano. Pensar en la filosofía de los pueblos y en los discursos que rodean nuestros imaginarios colectivos -en los que el fantasma yanki “éxito versus fracaso” cada vez está más presente-, nos da muchísimas pistas sobre nuestros propios anhelos y frustraciones: ¿qué aspectos de mi existencia se entienden como fracaso? ¿cuáles no y por qué?

Todo lo que tiene que ver con grandes ciudades siempre es más valorao que lo que tiene que ver con los pueblos. Las ciudades son el paisaje del capitalismo, el espacio pensao para la explotación artificial, para el desarrollo de todos esos trajes que tienen que ver con esa revoluciones que empezaron llamándose “industriales”. El dar a las ciudades unos valores de prestigio, hace que la explotación individual también lo sea. Así, se considera que tiene éxito el chico que sobrevive de mala manera en Londres aunque nadie sepa cómo vive, si le afecta o no no usar su lengua materna, si necesita oler a veces el mar con el que se crió o si echa de menos sentir a su gente. Es increíble que nadie piense ni hable de todas las cuestiones que afectan al cuerpo y al sentir cuando estás fuera y que, sólo cuando te vas, empiezas a sentir importante. Tenemos que empezar a SACAR DEL ALMARIO a las ciudades y contar las violencias que sufrimos en ellas. La incomprensión y las experiencias amargas no son sólo patrimonio de los pueblos.

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Ayer hablábamos de esto y de todos estos valores. Son unos cuantos. Los valores asociados a los pueblos no dan para nada el prestigio social que dan los asociados a las ciudades. Toda nuestra imagen de autorealización está enfocada, de hecho, en los segundos; muchas veces sin que exista cuestionamiento alguno al respecto. Así…

 

 

… mientras en los pueblos lo que se valora es lo ordinario, las cosas del día a día que tienen que ver con el sostén y las necesidades básicas, en las ciudades es lo extraordinario, lo que brilla: los tres segundos de reconocimiento público. Por ello, distinguirse en apariencia aunque sea es vital allí. En los pueblos, los delantales de nuestras abuelas no se distinguían demasiao: importaba la faena y la rutina, no tanto cuál original era quien la ejecutaba. Mientras en los pueblos ser especial es un lujo, en las ciudades se fomenta el individualismo, a veces, extremo. Cuando eres marika, bollera, bi, trans… eso que se considera individualismo en realidad es una necesidad de primer orden. De ahí que las ciudades sean la principal vía para encontrarnos. Es decir, querer vivir con libertad tu identidad y tu sexualidad es una enorme necesidad y nuestro camino de búsqueda personal requiere de espacios.

Mientras en los pueblos parece que todo es pasado, la ciudad es el futuro. Mientras el pueblo se relaciona con la edad vital de la vejez (a quien se queda en el pueblo, aunque, tenga 20 años, le dirán “pareces una vieja”), la ciudad siempre estará relacioná con la juventud. Ya sabemos qué concepto social se tiene de la vejez y cómo se trata a la gente mayor…

El pueblo es silencio (a veces un silencio doloroso), la ciudad es ruido. Quien se queda en el pueblo es un fracaso. Quien se va, ha triunfao.

No se me escapa que estos conceptos permean y tienen presencia en ambos espacios. La gente de grandes ciudades hace comunidades íntimas, en las ciudades hay identidad colectiva, sororidad también… sobre todo entre quienes buscan allí una vida mejor: es la gente humilde y más maltratá por el sistema en quienes casi siempre está más presente la sororidad. Y quizás, podamos decir que, de alguna forma, llevan los valores del pueblo a cuestas. Pero, aunque esto no sea un circuito de valores cerraos -y aunque en Andalucía es muy difícil sacarle el pueblo a ciudades como Sevilla en la que cada barrio es un poblao distinto- estos valores están muy insertos en nuestra concepción intrínseca de las cosas. Forma parte de los valores occidentales que nos envuelven. No digo que sean los únicos sino que son, precisamente, EL PUNTO DE VISTA HEGEMÓNICO que nos intenta moldear a su antojo en el estado español.

Ayer contaba los difícil que es desarrollar tu persona (joven, irreverente, con ganas de vivir abiertamente sus sexualidad no normativa) en un pueblo, pero también ahondamos en qué no se cuenta de nuestro devenir en las grandes ciudades. Cómo a veces tenemos que renunciar a nuestros acentos y nuestras historias familiares y cómo el precio de nuestra libertad implica rompernos, muchas veces, en dos. Qué pocas veces hemos hablao en esos nuevos entornos urbanos de nuestras madres limpiadoras, de nuestros ahogamientos familiares, de nuestras situaciones a veces dramáticas, de nuestras casas y de aquel abrazo o aquellos olores que tanto echas de menos y que te tuviste que arrancar del sentir pa que no te golpeara tanto… A veces la necesidad de irse se enquista también, empezamos a alejarnos de esos valores mientras vamos reforzando esa identidad nueva que hemos construío. La ciudad -al igual que las redes sociales- nos brindan la oportunidad y a veces el espejismo de convertirnos en quienes queramos ser. Los pueblos representan, a veces, todo aquello de lo que intentamos huir.

Creo que la conclusión a la que siempre llego es que, por mucho dolor que sintamos, necesitamos historias que nos digan que irse no es la única opción. Necesitamos, en fin, más relatos de la gente que se queda. Cuando denunciamos que unos discursos son más prestigiosos que otros, en realidad denunciamos que encarnar estos valores que nos hacen de menos no nos permiten sentirnos personas legítimas para contar nuestras historias y nuestros discursos. Por ello, generar relato es tan importante. Por ello, me autodefino muchas veces como “contaora”.  Qué necesidad de historias de la gente que vuelve a su pueblo o a Andalucía (el gran pueblo), de  relatos que nos cuenten qué hay detrás de este sexilio*: que nos lo cuenten toíto sin saltarse un capítulo. Relatos que no nos vendan una imagen de sonrisas forzadas sin anhelos que duelen, sin los episodios de trabas, decepciones… cuestiones que llevan el nombre y el espacio de ciudá incrutao. Y que no contamos por no desmontar, a veces, ese imaginario que nos permite creer que, quizás, no nos hemos equivocao.

Necesitamos el relato de la gente que vuelve. Como el de Espe Moreno que, después de vivir fuera, ha decidío hacerse una vida en Arcos de la Frontera. Ella -primera fotógrafa en captar cuerpos de mujeres para un kamasutra lésbico- que empezó a escribir un blog titulao “Una bollo en el sur rural” y que pasea con su perro por los espacios naturales de la Sierra. Que tendrá sus más y sus menos pues como tó el mundo y que lucha como cualquiera cada día. O el relato de Manolita Chen, mujer trans que dará el Pregón del Orgullo el próximo sábado en su pueblo del que nunca se fue -¡quién se lo iba a decir! Primera mujer trans en ejercer el derecho de adopción en el estado español. Referente ahora de tanta gente que quiera saber verla.

Quedarse tampoco es perfecto. Nada lo es, tampoco lo es irse. ¿Qué vida es perfecta? Pero detrás de los relatos que ridiculizan a los pueblos hay todo una oda a la prisa, la apariencia y la identidad entendía como futuro sin pasado.

Pero detrás de los relatos que ridiculiza a los pueblos hay todo una oda a la prisa, la apariencia y la identidad entendía como futuro sin pasado. Clic para tuitear

Contar las historias a enteras y generar más referentes nos permitirá romper con la historia única** que nos vende la ida como única salida.

Empezar a valorar más a quienes se quedan… No sólo en el pueblo: a quienes se quedan a nuestro lao.  Quienes siempre están ahí. HACER DE LA PALABRA QUEDARSE UN TÉRMINO BONITO Y LLENARLO DE APRECIO. Dejar de romantizar a quienes se van porque sí, dejar de venerar a quienes nos dejan, a quienes incluso nos abandonaron haciéndonos daño. ¡Ay! ¡el abandono…! cuánto cambiaría si hiciéramos deseables a quienes se quedan… Miles de libros honrando la memoria de quienes nos abandonaron malamente. Cuántos suspiros por quienes se fueron, qué pocos libros se escriben para la gente que se queda.

No les valoramos lo suficiente precisamente porque acunan muchos de los valores por los que los pueblos se desprecian: representan el cariño ordinario, el sostén del día a día, el espejo de reconocerse de manera colectivo con otres. Son nuestro pasao y nuestro presente y serán también nuestro futuro aunque quienes se queden vayan cambiando sus caras… aunque no siempre sean les mismes. Representan el hilo cotidiano del que puedes empezar a tirar para crear el relato de la vida del diario que es, al fin y al cabo, la gran historia de nuestra vida. El gran viaje de la vida es un tren de cercanías.

A ti que quedas, GRACIAS, a ti que te quedas…

 

 


*Término acuñado por el sociólogo puertorriqueño Manolo Guzmán. El sexilio es el fenómeno por el que personas con identidades distintas a la heterosexual se ven obligados a emigrar de su barrio, su comunidad o su país por persecuciones hacia su orientación sexual.

** Término de Chimamanda Ngozi Adichi.

Tampoco se me escapa la cuestión económica: el hecho de que en las ciudades haya también trabajo pero creo que es algo que tenemos que empezar a cuestionar y a debatir: bajo qué precios, qué trabajos… Quiero decir que necesitamos construir un pensamiento más profundo sobre todo en vez de movernos en el binomio ciudad buena pueblo malo.

Mar Gallego

Hija de Antonia y Manué. Contaora y Periodista. Taconeo en Pikara Magazine y me entreno para ser folclórica en el Proyecto de Feminismo Andaluz "Como vaya yo y lo encuentre". Mi norte es el Sur.

Un comentario sobre “A ti que te quedas…

  • el 6 junio, 2018 a las 4:28 pm
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    Gracias por escribir, se me han puesto los pelos de punta en varios momentos. Nunca dejo comentarios pero sin lugar a dudas tenía que hacerlo aquí.

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