Mumá…

Foto de Elvira Nimmee | ellas |
mi madre y mi abuela | Vía Flickr | Licencia Creative Commons

Dicen que nuestro primer idioma –el de nuestra niñez y nuestras infancias- tiene su origen en las mujeres con la que nos hemos criao. Que habla más de las profundidades de nuestra personalidad un “ea ea” que recibimos en los primeros días de vida, que el libro que más nos la haya cambiao.

Al haber sido excluidas las casas de las leyes lingüísticas oficiales que se usan para el prestigio y los trabajos finos,  las lenguas maternas han conseguido sobrevivir a los múltiples intentos de mutilar la diversidad en el habla y en las onomatopeyas que, en Andalucía, dicen tanto o más que una palabra; no tanto por aquello de la economía del lenguaje, sino por nuestro afán de incluir el sentir y el sentío también en él.

Si incluimos aquello que no llega a ser palabra a nuestros orígenes lingüísticos, encontraremos que los suspiros cotidianos de muchas de nuestras madres, abuelas, tías… dicen más del hartazgo y la explotación que cualquier manual sobre capitalismo. Si hacemos alusión ya a las palabras, veremos rápidamente que nuestro idioma materno es distinto al resto. Un término como “aburrimiento” heredado por nosotras, tiene connotaciones que van más allá del superficial “estoy aburrida en esta fiesta”. Suspiro + “estoy aburría” se puede explicar con otra expresión materna: “me duele el alma”. Es un cansancio físicamente emocional y emocionalmente físico que ni siquiera llega a ser una llamada de socorro porque la expresión se dice sin ingenuidad alguna y con resignación en abundancia: “ya me he dao cuenta, nadie me va a ayudar ni a ver y mucho menos van a venir a salvarme”.

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El término aburrimiento lleva además en esa resignación una historia de pasados, presentes y futuros. No es un “estoy aburría ahora”; es un “estoy aburría porque sé que voy a estar aburría siempre”.

Hace mucho mucho tiempo, vi en un programa de Canal Sur a una abuela con su nieta. Ambas tenían una relación muy estrecha. La abuela era la que le bailaba el agua a la nieta en sus locuras. Le daba aliento y quería que ella disfrutara al menos tó lo que ella no había podío. A veces es esa cadena la única que nos queda: sentir a la otra como parte de ti y así poder realizarte tú –un poquito al menos- con la felicidad de otras.

Le preguntaron a la abuela cómo era la relación con su nieta y ella afirmó que se lo pasaban bien, jugaban, se disfrazaban y hacía de tó pero que, si la niña expresaba que estaba aburría, ella se entristecía: “me pone triste que me diga que se aburre, no soporto verla aburría”. Cualquier persona que no se haya criao bajo estas connotaciones que nosotras hemos mamao, no hubiera entendío la preocupación de esa abuela.

Siento que hay que poner en valor los idiomas maternos para meter en palabras términos que esconden sentires no reconocíos en lo público y que hacen alusión a todas esas realidades que se viven en nuestras casas, calles y barrios y que nunca obtienen reconocimiento. El proceso de madurez y el viaje hacia la vida adulta, está lleno de mandatos que nos dicen que esas sabidurías no valen. Como dijo en una mesa sobre feminismo la rapera guatemalteca Rebeca Lane, ” he sido educada para querer ser” siempre algo que no soy. Además, ponerlo en valor en necesario para decirnos una vez más que –dentro de unos mundos- habitan otros y que estos nos dan claves para entendernos y construir de otras formas.

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También porque hacerlo no sólo nos señala el punto de partida de nuestras construcciones diversas que siempre son denostadas frente a lo que se pretende conseguir. Nos ayuda a verbalizar nuestros dolores y aquello de lo que –por las razones que sea- hemos querido huir o no. Ayuda a visualizarlo como un sistema en sí que también tiene sus significantes y sus significados.

No es lo mismo el “Maimá” de mi madre que “Mar” o “María del Mar” o el “Mari” de mis hermanas o amigas; no es lo mismo “aburrimiento” que “aburrimiento”. Y no es lo mismo “mamá” que “mumá”.

Muchas de estas expresiones nos vienen inmediatamente al oído con irremediable nostalgia, otras nos traen un poco de calor a nuestras despegadas vidas. Lo que queda claro es que el idioma materno no está desprovisto de cuerpo. Cada expresión nos produce algo porque lleva un pedazo de lo que somos metido en pequeñas cajitas a las que erróneamente llamamos “palabras”, por no alcanzar a conocer la inmensidad de lo que contienen.

Hoy, 21 de febrero, es el Día internacional de los idiomas maternos.

 

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Mar Gallego

Hija de Antonia y Manué. Contaora y Periodista. Taconeo en Pikara Magazine y me entreno para ser folclórica en el Proyecto de Feminismo Andaluz "Como vaya yo y lo encuentre". Mi norte es el Sur.

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