Cuando las mujeres andaluzas celebran su santo

Las manos de María Mateo, mi abuela.

 

Mi abuela siempre se sentaba en su hamaca con un periódico que a mí me parecía gigante. Gustaba de leer novelas “malas” y baratas de esas que imprimían en papel reciclado… y encendía una copa de picón cuando hacía mucho frío en invierno. Guardaba en una cajita rectangular marrón claro sus grandes gafas marrones, aguja e hilo.

Cada noche apuntaba la combinación ganadora del sorteo de la ONCE pa que toa la calle fuera a preguntarle “María, ¿qué número ha salío?”. Se levantaba todos los días mu temprano y andaba veloz y era fuerte y crítica y a menudo criticona. Regaba un arriate precioso que hoy está tapiao y daba igual lo que cocinara: siempre olía bien. Gritaba mucho porque estaba sorda y acababa siempre sus quejas diciendo “¡eso….!”. Cada vez que alguien moría, lloraba y decía “ya vienen a por mí. No quiero morirme… Me gusta la vida”.

Era morena, tihnaíta, mi abuela y siempre me sentí orgullosa de llevar su nombre: María, conmigo; porque fue la primera mujer que me enseñó a ser curiosa, a amar la lectura con su ejemplo y a hacerme sentir que se podía amar la vida desde los detalles. Todos estos que os cuento son, para mí, los que la hacían a ella tan grande. De todas las personas que conocí, nadie amó la vida como ella.

Pa entendé Andalucía, hay que cambiar la mirá. Movernos en los discursos de oposición (calle/casa trabajo/vida privada…) de poco sirve aquí. Aquí la barra que divide a esos términos, como pasa en esa paretilla de la foto en la que tanto jugué, son menos estrictas. Por eso, las mujeres andaluzas, cuando celebramos un santo, no estamos celebrando un catolicismo que se entromete en lo público e intenta imponer su punto de vista. Celebramos otra cosa… En mi casa al menos, los cumpleaños no eran en mis tiempos un gran acontecimiento. Una hoja de papel en la que mi padre escribía “Te queremoh pero regalo no tenemoh*” conseguía no disgustarme ese día, por no tener como pudieran tener otres niñes regalos a raudales ese día. Creo que sucedía en la mayoría de casas de clase obrera. Los santos, sin embargo, se convertían en algo emotivo que parecía venir del pasado a hacerse otra vez presente.

En los santos celebrábamos a nuestras bisabuelas, abuelas, primas… en conjunto. Las que llevaban nuestro nombre, como si cada nombre hubiera sido un intento de mejorar la vida de la pobre tía María o Ana o Lola… Cada santo era sentarse frente a un bizcocho casero y hacer andar LA MEMORIA. Eran un “no te olvidamos”, “cómo te recordamos”, “hay que vé cuánto pasaste…” Los santos pertenecen además a una cultura de mujeres populares a las que la Historia les dio la espalda. Recordarlas así era nuestra venganza, amasar su nombre y su recuerdo era una forma de hacerle justicia. Repetir su nombre tenía inserta la ilusión de que romperíamos con una tradición del dolor, implicaba una nueva oportunidad para hacer las cosas distintas; un intento de romper con la ausencia de linaje. ¿Sabéis lo que significó para mi familia ser la primera licenciada de  su historia? Tuvieron que pasar años y años y años para que consiguiéramos eso. Fue un logro colectivo de todas las Marías, Anas, Lolas…

Hoy, cuando lo miro con más distancia, sé todavía con más fuerzas, el porqué esta celebración era y es tan importante. Los cumpleaños fueron en su día en Andalucía una práctica cultural que se imponía, como hoy se impone Halloween y otras. De alguna forma, no nos pertenecía. Eran incluso algo que pertenecía a la clase alta, era una costumbre de gente rica. Detrás de un cumpleaños hay algo de individualidad, algo de nací yo y eso es lo importante, algo de hacer sentir a esa persona muy especial, el centro de la casa. Los santos en Andalucía celebran , sin embargo, la colectividad y la memoria, sobre todo de las mujeres. Hoy me acuerdo de aquellos momentos como si fuera ayer. Esa ilusión mañanera con la que me encontraba en el patio con mi abuela para felicitarla y para que ella también me felicitara a mí. Tan rubita una y tan morena la otra…


*A estas cosas me refiero cuando hablo de la alegría como planteamiento ante la precariedad. Se trata de RESILIENCIA… La capacidad de darle la vuelta a las injusticias y convertirlas de manera creativa en otra cosa. Veo en mi padre una figura increíble con una creatividad maravillosa. Cuánto valoro esas cosas ahora…

Recomiendo muchísimo este artículo de Raúl Solís para entender un poco más mi tierra. La cuestión es mucho más compleja y está ligada a la persecución que se llevó a cabo aquí contra la cultura diversa que teníamos y que implicó que hubiera que demostrar que éramos la población más católica de cara a la Inquisición y otras instituciones sociales, morales, culturales… Hablaremos de esto más adelante pero quien quiera saber ya de este tema puede leer La huella morisca.

Mar Gallego

Hija de Antonia y Manué. Contaora y Periodista. Taconeo en Pikara Magazine y me entreno para ser folclórica en el Proyecto de Feminismo Andaluz "Como vaya yo y lo encuentre". Mi norte es el Sur.

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