La Duquesa Roja o el mérito de vivir como nos da la gana

Luisa Isabel Álvarez de Toledo consolidó uno de los archivos históricos privados más importantes de Europa, y se destacó como antifranquista y lesbiana.

 Hace unos años tomé mi primer autobús en dirección a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Con unas instrucciones básicas, subí y bajé una calles de piedra y llegué hasta la puerta de un lugar extraño y sorprendente: el Palacio de Medina Sidonia. El motivo de mi visita era un encuentro con la actual presidenta vitalicia de la Fundación Casa Medina Sidonia, Liliane Marie Dahlmann, viuda de la fallecida hacía un año Luisa Isabel Álvarez de Toledo, a quien otorgaban por entonces la Medalla de Andalucía.

Sin embargo, el principal motivo que aguardaba impaciente dentro de mí era el de ver con mis propios ojos uno de los archivos privados más importantes de Europa, que se encontraba ‘custodiado’ por Dahlmann.

Ella me habló de Isabel y, a pesar de que sus referencias se remitieron estrictamente a sus méritos y luchas en torno a la cultura, pude entender la inmensa historia que había detrás de ambas mujeres. Fue entonces cuando quise conocer cuál había sido la vida de aquella mujer de cuerpo menudo a quien todo el mundo conocía como ‘La Duquesa Roja’.

CAPÍTULO 1. Sobre qué hacer con los privilegios

Luisa Isabel Álvarez de Toledo (1936–2008) fue más conocida en vida por el apodo que el pueblo andaluz le dio: ‘La Duquesa Roja’. Su forma de estar en el mundo no se parecía a la forma de estar en el mundo de nadie y fue la imposibilidad de encasillarla lo que llevó a la multitud a decir de ella que era una mujer de inmensas contradicciones.

Imagen publicada en '20 Minutos'

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Nadie sabía si era ‘buena’ o ‘mala’, ‘heroína’ o ‘villana’. Sin duda, moviéndonos entre binomios tan machacados, poco podríamos haber sabido de esta persona que vivió su vida de una forma tal que ahora podemos hablar de ella como ‘personaje’, entendiendo este concepto como “persona cuya vida y sentires son tan excepcionales que parecen sacadas de un cuento”.

Luisa Isabel Álvarez de Toledo nació con los privilegios en sus apellidos, ostentando 11 títulos nobiliarios en Italia y seis en España. Era heredera del marquesado de Villafranca del Bierzo, del marquesado de los Vélez y del ducado de Medina Sidonia. Además de todo eso, su bisabuelo (Antonio Maura) fue cinco veces presidente del Gobierno.

Pero, por encima de todo, Isabel era amante de la Cultura, la Filosofía y la Poesía. Su amor por la Historia, además, se convirtió en el centro de su razón de ser al defender a ultranza el rescate de documentos históricos que su familia mantenía ocultos y en mal estado. Ese fue su principal caballo de batalla hasta que, tras años de trabajo y una catalogación de legajos que ella misma inició, consiguió hacer del palacio de Medina Sidonia el lugar que alberga actualmente uno de los archivos privados más importantes de Europa.

En las entrevistas realizadas en vida, “la niña terrible de la nobleza” aseguraba que “un archivo sin catalogar es un archivo mudo… me puse a catalogar horas y horas mirando cada papelito”. Álvarez de Toledo se negó a convertir el legado en un “cementerio de la historia” y depositó todas sus fuerzas en que aquellos documentos estuvieran a la luz de la investigación: “Yo era depositaria de una serie de cosas que debía transmitir a la gente en general. Tenía que conseguir que estuviese en mejores condiciones que cuando yo lo heredé”.

CAPÍTULO 2. “Debemos conocer el pasado para conocer el presente y evitar la destrucción en el futuro”

Esta frase de Luisa Isabel Álvarez de Toledo describe a la perfección los motivos que la llevaron a rescatar la documentación. Miraba con recelo las acciones que sus antepasados llevaron a cabo con otros documentos históricos, llegando a asegurar que tenía conocimiento de quemas de legajos para ocultar la historia. La claridad con la que hablaba de estos hechos no gustaba a su ‘entorno noble’. Tampoco la claridad con la que hablaba en general, que era y es rechazada en una sociedad donde las mujeres tenían y tienen que colocar sus expresiones entre algodones.

A esto se sumaban sus ideales republicanos y su oposición al franquismo en su juventud. Su faceta como historiadora y escritora tampoco estuvo alejada de la polémica. En la obra Palomares: Memoria, sobre las bombas termonucleares de las fuerzas aéreas estadounidenses caídas en 1966 en esa localidad almeriense, denunció los abusos a los que sometían a las y los jornaleros andaluces y participó en una manifestación que la llevaría a estar ocho meses en prisión. Posteriormente, por la publicación de su libro La Huelga, en la que denunciaba al franquismo como origen de abusos, hambre y caciquismo, el Tribunal de Orden Público emitió una sentencia condenatoria contra ella, pero Isabel ya había volado a Francia, donde se mantuvo en el exilio.

CAPÍTULO TRES. Genia y figura hasta la sepultura

Tras la muerte del dictador, Isabel regresa a Sanlúcar, donde permanecerá hasta su muerte.

La Duquesa Roja había tenido un primer matrimonio con un descendiente de los condes de la Puebla de Valverde, que se formalizó cuando esta tenía 19 años. Se asegura que los ideales estrictos y conservadores de su marido hicieron que la unión acabara por disolverse. La relación de Isabel con sus dos hijos y su hija tampoco se formó a base de buenos momentos, ya que aseguró siempre que su descendencia únicamente tenía intereses económicos y amor a los títulos.

En 1983, Isabel conoció a una jovencísima Liliane Marie Dahlmann, una apasionada de la Historia de raíces alemanas. Dahlmann quedó fascinada por la energía y la personalidad de Isabel, que entonces contaba con 47 años. Meses después comenzaría con ella una relación profesional y sentimental cuyo centro sería la pasión de ambas mujeres por la historia, hecho al que dedicaron los 20 años de su vida en conjunto en la que Liliane fue la Secretaria de la Fundación que levantarían juntas.

El 7 de marzo de 2008, la débil salud de la Duquesa, consecuencia del cáncer de pulmón que padecía, se resintió hasta el punto de llevarla a la muerte. Antes de eso, Isabel decidió hacer su última ‘jugada maestra’: contraer matrimonio con Liliane para asegurar que su legado cultural quedara en buenas manos. Se casaron in articulo mortis ese mismo día, rompiendo así con la lógica hereditaria de los privilegios de la nobleza.

Se asegura que esta fue la última provocación de la Duquesa, que decidió ser contestataria hasta el último suspiro. Hoy, Liliane Marie, la que fuera su principal apoyo e incansable compañera de viaje, es presidenta vitalicia de la Fundación Casa Medina Sidonia.

La Duquesa Roja tuvo “el mérito de haber vivido como le ha dado la dado la gana”, afirmó un vecino de Sanlúcar tras su muerte. Ella misma dijo: “Todo el mundo habla muy mal de [mí] pero a nadie se le ocurre decir por qué. Sencillamente, que no me las callo, que no me las he callado nunca y que pienso en no seguir callándomelas”.

Hoy, por “la maldita manía de pensar” que decía Unamuno, hemos querido preguntarnos justo eso: ¿por qué?


Artículo publicado originariamente en Pikara Magazine en 2013

Mar Gallego

Hija de Antonia y Manué. Contaora y Periodista. Taconeo en Pikara Magazine y me entreno para ser folclórica en el Proyecto de Feminismo Andaluz "Como vaya yo y lo encuentre". Mi norte es el Sur.

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