¿Y tú de quién eres?

De Antonia y Manué. Mi nombre es Mar Gallego (maimá para la familia) y soy la loca que ha querido iniciar este proyecto que me encantaría que enriquecierais con vuestras aportaciones e impresiones. Mucha gente me ha escrito sobre qué es esto, además de un manifiesto y una página en Facebook. Intentaré explicarlo con la siguiente historia. La mía…

 

Jugaba en la calle donde muchas mujeres se sentaban con las pequeñas cabezas de las muñeca Marín metidas a montones en bolsas de plástico. Cosían el pelo uno a uno a cambio de muy poco. Las mujeres chiclaneras han sido las encargadas de realizar estas muñecas durante años.

Soy de Chiclana de la Frontera, Cádiz: un pueblo grande que presume de ser ciudad y al que crecí odiando. Tengo que ser honesta. Creo que a mi pueblo le hubiera ido mejor fijarse más en sus raíces, en su olor a campo, en su agricultura, en sus caserones encalados y bonitos que pasan tan desapercibidos en un extraño paisaje urbano que es una oda al ladrillo sin memoria y sin rumbo. Chiclana creció -en los años de mi adolescencia- con la mirada puesta en el turismo y en su Novo de Sancti Petri. A pesar de estas raíces difusas, conseguí encontrar el encanto en las bodegas, en los pinares perdidos junto al mar, en el castillo fenicio, en el poblado abandonado, en el patio de mi casa, en mi gente…

Como buena persona que no se siente cómoda en su entorno, me fui en cuanto tuve la más mínima oportunidad. Dos momentos marcaron un análisis profundo de mis orígenes en clave crítica: un viaje de tres meses en Estados Unidos y una estancia de un año y medio en Colombia. En ambos descubrí que daba igual a qué parte del mundo fuera: yo era andaluza y no española. Y no porque todo el mundo reconociera la realidad andaluza sino, precisamente, porque nadie la conocía; algo que, por otra parte, no tenían que conocer. A pesar de ello, de no conocerla: yo nunca fui para la gente lo que la gente esperaba de una española: mi acento sorprendía y a veces espantaba, mis orígenes pobres y obreros no cuadraban y mis cualidades -cosidas bajo la copa de picón de mi abuela leyendo un periódico que entonces se me antojaba gigantesco- eran muy pequeñitas allí. Qué pequeñita era yo: hecha de picón y de las trenzas rubias de las melenas de mis hermanas. «Cateta» (gran palabra) que se había hecho a sí misma pensando que no había nada que no pudiera hacer ni espacio que no pudiera escandalizar. Extraña en todos los mundos que me entusiasmaban a los que conseguí acceder, en parte, por haber perdido mi acento ceceante en «clave periodística».

El patio.

A pesar de todo, leí libros sobre el complejo de inferioridad de «España»: eso decía el libro del que no recuerdo el nombre… y tuve la oportunidad de encontrarme en los espejos que países como Colombia me lanzaba sobre las diferencias entre «norte y sur», personas costeñas y personas del interior… de ciudad. Me sorprendió la escasa lectura en sectores críticos sobre aquello que estaban ensalzando: el trabajar sin descanso, por ejemplo. Y aquello que rechazaban: la gente que consideraban que no hacía nada, que era vaga… Vi en ese discurso el mismo que se aplica para con las personas andaluzas y me rebelé… «¿por qué?». Por qué como feministas y activistas os burláis del mundo que decís querer construir: lleno de descansos y tiempos para la vida. Sentí que aquello era nuestro propio fracaso. Un elogio más al capitalismo y empecé a ver en mi tierra una clara posición política, una luz y un referente. Un lugar para construir desde lo que yo anhelaba.  Por primera vez, estando en el sur, estaba más cerca de mí que lejos. El sur no era sólo una cultura desde una lectura esencialista; el sur estaba eligiendo cada día el tipo de vida que quería y me gustaba lo que elegía o gran parte de ello.

Quiero aclarar algo a este respecto. No sé dónde escuché esta frase una vez. La decía una andaluza que vivía en Alemania. Creo que era Alemania… Decía que, si preguntabas a un agricultor andaluz que se está asando a casi 40 grados desde primerísimas horas de la mañana  cómo va, te dirá «echando el ratito…». Creo que la frase no necesita explicación. No creo que en Andalucía no se trabaje: un pueblo anclado al mar y a la tierra trabaja como ninguno. Lo que ocurre es que en Andalucía aún tenemos presente la necesaria celebración de la vida y todavía el «cómo estás» es más importante que el «a qué te dedicas». Nuestras ambiciones -siempre generalizando claro- son otras.

En fin. Al grano… lo importante de esos viajes tan duros pero tan enriquecedores para mí fueron precisamente el empezar a ser consciente de esta apuesta vital que también es política. Una vez, en un café que adoraba de Bogotá, escribí a una amiga: «Siento que un árbol está creciendo dentro de mí«.

Este proyecto es consecuencia de ello. Es un intento por recuperar memoria, por mirar hacia el interior. Una afirmación de que no hay futuro que merezca la pena que se construya bajo el yugo tirano del trabajo constante, olvido y auto-odio. Un futuro en el que no sepamos dar nombre a esta conciencia de pueblo, a esta andaluzofobia, a esta parte de nuestra identidad que también debemos saber traer para hacer una lectura completa de lo que nos ocurre. Una parte del puzzle que me faltaba y a la que no pude poner nombre hasta descubrir esto que os cuento. Hace un tiempo que estoy trabajando la ruptura de los silencios y de la tradición del dolor en mis propios lazos familiares. Siento que esto es un paso que va un pelín más allá. Es el arriate maravilloso de geranios y otras flores que tenía mi abuela. Y yo sólo quiero regarlo y regarlo. Sin fin…

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